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Alejandrópolis y Salónica

Viaje a Grecia: Alejandrópolis y Salónica

Luego de una noche de mal dormir en el tren nocturno desde Atenas, y decepcionadas como estábamos por no haber contado con la esperada cama en el tren, tomamos un pequeño desayuno en la estación de trenes de Salónica, donde conectamos con un segundo tren que nos llevaría a Alejandrópolis. Pudimos recuperar algo de sueño en este segundo tren que, aunque no tenía coche cama, contaba con asientos anchos, cómodos y adecuadamente reclinables.

A la una y media de la tarde llegamos a Alejandrópolis, donde nos recibió un calor exuberante y una larga fila de hombres jóvenes de aspecto extranjero que sacaba boletos para el tren. Posteriormente nos enteraríamos de que se trataba de inmigrantes de tierras lejanas que habían llegado inicialmente a Turquía. Cuando este país los “invitaba a retirarse” cruzaban la frontera a Grecia, ubicada a menos de 50 kilómetros de Alejandrópolis. Allí, arrestados por la ley griega, pero sin un adecuado tratado para devolverlos a Turquía o a su país de origen, se les proporcionarían dos meses para abandonar el país. Durante este tiempo muchos de ellos buscarían trabajo en Atenas, trasladándose hasta allí en tren.

Esperamos en la estación a la llegada de nuestro amigo Sakisque, en compañía de su papá Christos, nos llevó a casa de su familia. Allí nos esperaba su mamá, Anastacia, quien nos recibió con un almuerzo griego tradicional: zuccinis rellenos con carne picada y arroz, acompañados de quesos locales y ensalada. Los padres de nuestro amigo hablaban muy poquito inglés, pero nos comunicamos con él oficiando de traductor.

¡La hospitalidad griega no tiene límites! Nuestro amigo nos dejó su dormitorio a pesar de haber tenido una reciente operación y estar en etapa de recuperación. Como él no podía conducir Kostas, un amigo suyo, se encargó de pasar a buscarnos a los tres y llevarnos a la playa. Kalispera – buenas tardes – dijo al conocernos, de a poco íbamos aprendiendo palabras locales.

La zona de Alejandrópolis está llena de playas. Se trata de una península en frente a la isla de Samotracia. En esa ocasión visitamos una playa cercana a la ciudad, con una gran terraza por la que se entraba. Esta terraza contaba con un bar de playa, con reposeras y sombrillas para los clientes, donde nos instalamos a pasar la tarde. El agua estaba hermosa, transparente y turquesa como en la isla de Kos, pero menos salada y, por tanto, más agradable. Al atardecer visitamos también la playa de las Rocas Rojas que, como su nombre lo indica, estaba rodeada de un barranco de color rojizo.

Esa noche cenamos pastel de queso, otro plato típico griego, y sandía de postre, para mantener la hidratación en el calor que aún estaba presente en horario nocturno. Más tarde fuimos por unos cocktails al bar del Club de Yates. Nos sorprendió positivamente que todo trago es acompañado de agua y bocadillos, invitación del local. A la noche regresamos a la casa y nos deseamos buenas noches con un simple “kalinijta”.

Al día siguiente la rutina fue similar: una pasta de singular forma a modo de almuerzo y playa durante la tarde – en este caso más alejada de la ciudad, más ancha y menos concurrida. Esta vez regresamos al centro en un bus, aprovechando a visitar el faro de Alejandrópolis, símbolo dela ciudad, y apreciar más de cerca la Isla de Samotracia. Es a esta isla a la que originalmente pertenece la Victoria de Samotracia, escultura que actualmente puede apreciarse en el Museo del Louvre y reconocible porque le falta su cabeza. Nuestro amigo entró a una tienda mientras estábamos distraídas y nos obsequió, a cada una de nosotras, una reproducción en pequeño de la Victoria de Samotracia.

Por la noche salimos a cenar comida rápida griega, que consiste en pan de pita relleno de gyros o souvlaki de cerdo o pollo, a elección, acompañados de vegetales y salsas también a elección. ¡La salsa de quesos es recomendable! Terminamos la noche en un bar local donde fui víctima de los mosquitos. A la noche nos despedimos de Kostas, el chico que nos había conducido en su coche durante estos días y que, a modo de broma, nos brindó a cada una de nosotras una factura de un millón de euros por concepto de “hospitalidad griega”. ¡¿Quién dijo que tanto buen trato era gratuito?!

Al día siguiente, luego del matutino saludo “kalimera”, desayunamos al mejor estilo griego: un pan enroscado formando un gran aro hueco, del tamaño de un plato mediano, que se corta en trozos y acompaña de mermelada, queso o mantequilla. Esto se acompaña por una de las bebidas favoritas de los griegos: el frappé, que es café batido frío, con hielo, al que se puede además agregar leche para hacer frappuccino.

Nos despedimos de los padres de nuestro amigo, que muy emocionados nos dieron las gracias por la visita y extendieron una invitación futura. Efharisto! Dijimos nosotras, agradeciendo en griego como habíamos aprendido en estos días. Todo había estado muy bien, o poli kala en griego. De allí partimos luego a la estación de bus, donde llegamos justo a tiempo para tomar nuestro bus a Salónica.

Tras un viaje de tres horas y media, incluyendo una parada de 15 minutos para tomar algo en un área de descanso al margen de la ruta, llegamos a Salónica. Tomamos un autobús de la estación de tren al centro de la ciudad, descendiendo en la Plaza de Aristóteles como había indicado nuestro amigo. Desde allí caminamos de un lado al otro, entrando en un mercado de pescados mientras buscábamos la calle Tsimiski donde ver tiendas y hacer compras.

Finalmente almorzamos en un restaurante frente al mar, y caminamos hasta la Torre Blanca o Leukos Pirgos, famoso punto de atracción turística de Salónica que data del siglo 16. Allí tomamos el bus 78 rumbo al aeropuerto, donde debimos apresurarnos a tomar el avión de regreso a Bruselas.

Hacía mucho calor en Grecia, demasiado calor. Sin embargo, a nuestro regreso, Bélgica nos recibiría con intensas lluvias y un frío casi invernal, dándonos ganas de regresar al sol de Grecia de inmediato. Pero no sería ya en esta ocasión. El viaje a Grecia había terminado.

 

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